lunes, 27 de junio de 2016


Vuelve el calor a esta ciudad, y con él mi propia avidez corpórea. La temporada de sexo casual que ha sido siempre constante se renueva a cada mes, ese es mi calendario. Nuevas normas, nuevo ritmo: nunca repetir encuentros ni contar la propia historia. Olvidarse de los nombres al atravesar la puerta. Los más difíciles son los inolvidables, los que tienen claro que aunque sea conocido el final, el ritual de la seducción es asunto obligado, no como regla sino como parte de la naturaleza de este juego. Abstenerse quien no contemple el cortejo sincero.
Estoy sola, si. He vuelto a casa y es lo que quiero.

martes, 5 de agosto de 2014

Calor

Podría justificar mis salidas furtivas con la visita a alguna amistad. Pero no me apetece. Estoy caliente y enferma de orgasmos. Dos manos, cuatro manos, seis manos no me sacian. Es todo o nada en este verano español. Salgo de caza una vez más. Qué eclosión de hormonas me persigue, que fuego avivado sediento de piel y tacto. Tanto sudor y tanta ansia restregándose con otro. Lamer y gemir, eso quiero.

domingo, 12 de enero de 2014

Ocultos

Jonás siguió durante muchos años ocupando algún hueco en el tiempo de Lola. De tanto en tanto, muy de tanto en tanto, como una buena forma de reavivar la pasión tras el tiempo hibernado del recuerdo del otro.
Jonás seguía siendo un tipo más que atractivo al paso de los años. Lola le resultaba igual de excitante a él.
Creo que fueron tres años los que marcaron la ausencia entre ambos desde la última vez.
Yo decidí renovar los votos sexuales inexistentes que podrían haberse hecho ellos en algún momento.
-Un café la semana entrante, que hace tiempo que no te veo y nos ponemos al día.
Y la semana entrante llegó sin preámbulos ni expectativas por parte de Lola. Si he de ser sincera, ni siquiera se acordaba.
Pero a las ocho un mensaje: -Sigue en pie ese café?
Y Lola se subió a su coche cuando él la recogió en la puerta de su casa.
Luces, música, otra caña por favor y terminaron en casa de Jonás abalanzándose uno sobre otro en el sofá después de disimular mutuo interés por proyectos personales.
Jonás jadea sobre Lola, embutida en las mantas pues tiene frio. Su pene vuelve a recordarle a Lola el mismo aguijón que la ha penetrado tantas veces. Es como un cuchillo sin peligro que cercena cada pliegue. Pero a Lola no le importa pues soy yo la que dirige su cuerpo que serpentea bajo el de él.
Y después de tantos años, ya no quiere preguntarse por qué el sexo anodino con Jonás. Por qué renueva el contacto si no hay rareza en el encuentro, si sólo es lo prohibido volviendo a llamar a su puerta comprometida.
Le hago prometerme que si vuelve a las andadas del sexo oculto, tendrá que ser con quien nos haga vibrar a ambas por igual.

martes, 20 de agosto de 2013

La cena

En los años en que Lola disfrutaba de una soledad pasmosa, perdida entre la gente, en sí misma y sirviendo mesas conoció a una pareja peculiar. Frecuentaban el café a diario y, con tanto roce, se fue creando entre ellos una relación especial. Al principio sólo charlaban con Lola mientras ella colocaba las infusiones en la mesa. Poco a poco las visitas al local se hicieron regulares y pronto estaban quedando fuera para compartir alguna salida.
La pareja rondaría los cincuenta años. Lola no llegaba aún a los treinta. Él era un hombre charlatán y regordete, ella callada y observadora.
Una noche se presentaron en casa de Lola con una cena típica.
La noche y la charla fueron avanzando hasta que la mujer mencionó que su marido había sido masajista deportivo, que era muy bueno, que probara a darle a Lola masajes en los pies.
Lola reía y dejó caer sus pies en el regazo del hombre ante la autorización de la mujer.
Cuando se fue relajando y disfrutando se tumbó en el sofá que ocupaba. El hombre susurró a su mujer que apagara la luz.
Lola confiaba en la pareja, se estaba dejando llevar. No había nada de malo en unos masajes de pies autorizados por la propia mujer de quien los daba.
No recuerda cómo, tampoco le resultó alarmante, pero yo salí sin permiso y fluyendo totalmente con la situación.
Me situé encima de él, que ahora ocupaba el largo del sofá, tumbado y jadeante.
Sólo recuerdo el nombre de ella, Graciela.
Agarré su pene y lo hundí en mi sexo, por debajo de una larga falda pareo que apenas ya me cubría.
Alargó sus manos y subió mi camiseta. Más se excitó al contacto con mis senos puntiagudos, e hizo de narrador.
-Sabes lo que está haciendo Graciela? -me dijo en tono viejo verde libidinoso- me está comiendo las bolas.
Ni me giré. Bastante entretenida estaba montando al potro adusto.
Me pidió que lo besara y apenas choqué sus labios, tenía mal aliento. Pero tampoco me importó. Me gustaba retorcerme encima suyo y atraer sus manos callosas al contorno de mis senos.
Él más gemía en cuanto yo más me los hacía apretar.
-Graciela, trae el huevito- le dijo a su mujer.
La tipa no hacía ni un ruido, tampoco se le había ocurrido tocarme un pelo. Se ve que le ponía que su marido se lo montara con otra.
Graciela, displicente, me acercó un instrumento pequeñito. Era un huevo kínder del que salía un cable, y activó el aparatejo antes de que el marido me lo pusiera justo encima del clítoris.
Aquello empezó a vibrar, y yo al unísono. Creo que resultó más fructífero que el tipo (o más rápido), porque en cuanto el huevo hizo su efecto y me dio un orgasmo alucinante, me aparté de su cuerpo inmediatamente.
Volvió Lola por razones inexplicables a apoderarse de mi cuerpo, se bajó la falda y la camiseta, caminó hasta la puerta y se las abrió.
-Tengo que levantarme temprano mañana-les dijo.
En cierto modo, entiendo su actitud. Los tipos no jugaron limpio, no avisaron sus intenciones, y, de algún modo, se aprovecharon de la soledad y el candor de Lola que, aquella noche, había aceptado la invitación a cenar.
Graciela recogió sus cosas. El marido se levantó subiéndose los pantalones.
No sabían muy bien qué decir. Sólo se marcharon por la puerta abierta sostenida por Lola, que se dejó besar por ella.
Al día siguiente Lola fue a trabajar, había sido una noche muy loca para ella, su primera experiencia sexual con dos personas a la vez y no podía dejar de pensar en esto durante toda la jornada.
Sobre las once se masturbó en el baño, con un ímpetu fuera de lo común.
La excitación le duró hasta la noche. Se acercó a casa del amante de entonces y lo asaltó sin pudores casi al entrar.
Después de unos días, Graciela apareció sola en la cafetería. Se pidió una infusión sin decirle una palabra.
Lola no le hizo mucho caso, pero intuyó que la pareja hablaría sobre la técnica de abordaje.
Después de una hora en que a Graciela le dio tiempo a leerse el periódico, tomarse una infusión y fumarse dos cigarros, Lola se acercó.
-Ya sabes donde vivo y mis horarios. Pero vas sola.

domingo, 6 de febrero de 2011

Contracturados

Lola está metida en el confesionario. De pie frente al cura, que empieza a acariciar sus muslos por debajo del uniforme. Piel de ángel, le dice. Y Lola se emociona pensando en que está más cerca del cielo.
Todo ha ido tan rápido que apenas se dio cuenta. Una confesión torpe sin encontrar las palabras adecuadas, pero él la asió amorosamente e intentó tranquilizarla.
La cita por la noche, necesita unos masajes. Lola se presta solícita, inocente.
Es un hombre de mediana edad, calvo y robusto. Lola entra en su cuarto, tímida y retraída como es.
El cura le sonríe, le roza tiernamente la barbilla y consigue ruborizarla. El estómago encogido, salta el corazón en su garganta.
El cura le indica la zona a masajear, y que es mejor sentarse encima y hacerlo con el vaivén del cuerpo. La Lola servicial obedece, sube la falda de su uniforme y se coloca con esmero tal y como el cura le indica. Sur con sur en movimientos lentos y apretados. A Lola le preocupa empezar a sentir un gusto nuevo, desfalleciente, que crece al ritmo del roce.
Las manos del cura circulan lascivas por sus nalgas. Mete su cabeza en el hueco de la camisa de Lola, que asoma los pechos pequeños y turgentes. Pechos de ángel-Y Lola sonríe agradecida.
Cosquilleo y gemidos. Cosquilleo creciente. Lametones, la camisa desabotonada por completo, pezones rígidos dentro de la boca del cura, que aprieta el trasero de Lola al compás del masaje...
Lola conoce al detalle la habitación del cura, lo visita complaciente cada vez que él se contractura. Yo no hago más que desearlo y, cuando las luces de la habitación que comparte con otras chicas se apaga, enseño a Lola cómo recrearse en lo que él le hace sentir, cómo tocarse como si fueran sus manos manoseándola. Un mundo nuevo se ha abierto para Lola, un mundo en el que tengo cabida y puedo gobernar. Pero Lola sigue atolondrada, sin querer pensar demasiado en lo que está viviendo, sin entender hasta qué punto es consciente de mi existencia y mi riesgo.
Intuye que algo no va bien, intuye que debe callar, intuye que no puede acercarse al cura como si la intimidad compartida pueda hacerla un ser más familiar que los demás.
Cierta noche él la espera con la cocinera, una mujer gruesa de pechos enormes que la guía colocándola encima del cura, sentada de espaldas a él.
Mi instinto controla la mano de Lola, que coge el miembro del cura y lo sujeta entre las piernas, con su mano derecha lo aprieta contra sí, lo aprieta fuerte contra su cuerpo mientras pregunta si así está bien. No quiere moverse demasiado, no quiere demostrar que los masajes prodigados son a mí a quien más le gustan y que tiene ganas de quejarse, igual que lo hace él. La cocinera se acerca a ambos lentamente, abre su camisa con parsimonia y se coloca frente a Lola. Saca sus grandes senos y comienza a frotarlos con los de Lola. Gruñe y suspira mientras su lengua voraz le recorre la boca y le enseña a besar.
La atrae contra sí hasta que Lola se pierde en sus ubres, hasta que la que hay en ella, que soy yo, me olvido del cura y sus masajes y no hago más que deleitarme en aquel cuerpo mórbido que provoca tanto placer. La cocinera se retuerce mientras el cura toma una mano de Lola y le indica que también masajee a la cocinera. Lola lo escucha asentir, lo escucha rogar para que ella siga.
Me excitan sus palabras, me excita que los tres se muevan frenéticos a un mismo ritmo. Jadean y se mueven, resoplan y se embuten.
En un movimiento suave y rápido, la gruesa mujer atrapa a Lola subiéndola a la mesa. Hunde la cabeza entre las piernas de Lola, a la vez que levanta la falda para que el cura se masajee en su gran trasero. Lola piensa si ese estado será la inconsciencia. Ya no le importa moverse y gemir el placer que ha estado disimulando. El cura se masajea con empujones en las nalgas de la mujer. Me encanta que con cada impulso, ella entierre más la cabeza en las zonas húmedas de Lola. Ella cree que han sido muy amables considerándola en su juego, y que no todo el gozo sea para el cura. Yo, extasiada ante la nueva experiencia, estallo un quejido en la boca de la cocinera, que ahoga el suyo en mi vulva, en tanto, el cura gime por última vez su contractura.

martes, 20 de julio de 2010

Café del Mar

Llovía. Frente a un gran ventanal nos observábamos. El agua golpeaba furiosa contra el vidrio.
Olía a humedad en aquel bar, y un hilo de jazz se perdía en el ambiente.
Tu capuchino humeante mediaba entre nosotros. Yo había puesto el cigarro y el rojo en los labios. 
Vos dabas sorbos al café, yo te clavaba los ojos y las ganas.
Me levanté y me seguiste. Salí a empaparme de agua y noche. Atravesé dos calles sin darte tregua. Giré en la bocacalle oscura, y allí te esperé.
No eramos más que dos almas desbordadas. Tus manos dibujando mi silueta, las mías abriendo urgentes tu cinturón.
La lluvia, la noche, el deseo. Besos y lenguas y mordiscos y roce y forcejeo y temblor....

domingo, 21 de marzo de 2010

Desdobladas

Lola conoció a Jonás hace mucho tiempo. Tenía poco más de veinte años, cuerpo atlético y un gusto por las mujeres mayores que él bastante acusado. Nos liamos al salir de un antro que ya no existe, Rocky Racoon. Creo que yo empezaba a ser para Lola más heavy que aquel sitio.
Pasé la noche con él y esa fue la perdición de Lola, estaba casada.
Ella había descubierto la sexualidad con su marido, había sido el primero en despertarla aunque no el único. Lola me reprochó siempre que la arrastrara a brazos de otros, sufría por mi despliegue alternativo e intermitente. Yo jamás entendí cómo podía culparme por disfrutar de lo mismo que se negaba. No era felíz con aquel hombre, aunque el sexo nada tenía que ver con sus necesidades.
Pero Lola no puede dejar de verme como eso, como algo sucio y detestable que hay que desterrar. Estoy completamente sana, pero no podemos evitar enfermar cuando lidiamos la una con la otra.
Es ahí cuando Lola se derrumba y me aniquila. Me encierra en lo más alto de su castillo de naipes. Se olvida de mi durante temporadas hasta que consigo salir. Así ha sido siempre.
Lola nunca reconocerá que la he salvado de sus historias. Si yo no aparezco ella sigue enfrascada en seudoamores, soy la única que me atrevo a ir detrás del viento para que escuche su nombre.
Y Lola es consecuente. Entiende que cuando abre la puerta ya no hay marcha atrás, aunque luego vuelva a sepultarme. Siempre ha sabido que cuando decide liberarme es la hora señalada. "La hora de partir, oh, abandonada..."
Lola tiene todos los sentimientos agolpándose en su fragilísimo cuerpo. Será por eso que yo no siento.
Será por eso que soy yo la que blasfema, la que no ama, la que utiliza un lenguaje grotesco cuando quiere hablar claro, la que va de cama en cama anhelando encontrarme con ella, conmigo, con otro que no esté partido, con la mismísima vida que nos ha desdoblado.